SATENA
Contact Center: (571) 605 2222 Linea Nacional Gratuita: 01 8000 912034
Villagarzón
Es llamado el “Corazón del Putumayo”
COMPRA TIQUETES ONLINE


Villagarzón
Es llamado el “Corazón del Putumayo”

El agua se descuelga al vacío entre el verde de los árboles y el cobrizo tono de las rocas húmedas. No hay más camino adelante. La única opción es asomarse a un balcón natural en el que parece que el mundo se acabara y, en frente, como en el reflejo de un espejo, otro comenzará.

Puede ser la magia de un país rico en especies, bañado por ríos y mares, y arropado por todos los climas. Puede ser una recompensa al dolor que por años ha dejado el conflicto armado en esta zona. Puede ser que, en medio de la selva amazónica, la Tierra se divida en dos.

Contrario al estigma que carga su nombre, el Fin del Mundo en Colombia no es un escenario apocalíptico. Es tal vez el único fin del mundo donde la vida comienza: las aves vuelan libres, confluyen todos los verdes de las plantas, los sonidos de la selva amazónica conectan con la naturaleza y el agua, abundante y pura, brota con la fuerza del chorro virgen que expulsa la montaña hasta caer en un abismo de 75 metros.

Esta cascada, extraviada entre las montañas que separan a Mocoa de Villagarzón, puede ser el secreto mejor guardado del Putumayo, un departamento de clima tropical húmedo, con una superficie de casi 25.000 kilómetros cuadrados, hogar de 12 pueblos indígenas y del yagé, una planta ancestral que algunos ‘blancos’ han convertido en droga recreativa.

El camino de entrada a este paraíso escondido está en el kilómetro 6 de la vía que conecta a estas dos poblaciones. Una señal de tránsito café, de letras blancas, salpicada por el polvo que levantan las tractomulas cargadas de crudo que han maltratado el asfalto, anuncia la ruta.

Es una mezcla de césped y tierra que lleva hacia un puente colgante de madera que atraviesa las briosas aguas del río Mocoa y que abre un sendero hasta la casa de la familia Huaca, propietaria de gran parte de las tierras del Fin del Mundo.

Venden bebidas, alquilan caballos para los que no se sienten capaces de subir a pie y botas de caucho para no mojarse en el camino.

En una charla de 20 minutos, Doris cuenta cómo la comunidad se ha organizado para recibir a los turistas con una oferta atractiva y responsable. Cobra 2.500 pesos por persona, dinero que se invierte en la adecuación de un camino que cuando lo empezaron a delinear sacó a la luz enormes piedras una junto a otra, que no se sabe si son ancestrales o fueron puestas hace pocos años.

Dice que antes el ingreso a esta área era libre, pero que la gente se perdía entre los laberintos de la selva. Ahora, los visitantes solo pueden pasar si van acompañados de un guía.

Carmen Velásquez es una de ellas. Hace cinco años tiene su Registro Nacional de Turismo y su tarjeta profesional. Nació hace 56 años en Mocoa y al menos una vez a la semana va hasta el Fin del Mundo. En cada paso, en cada curva, en cada claro que se despeja en medio de la espesa selva comparte un dato: los tipos de árboles, las especies de aves, las comunidades indígenas que habitan, el clima, la altitud…

Vive orgullosa de su región, que por años fue considerada ‘zona roja’, pero que hoy es tan tranquila como sus paisajes.

Para hacer el recorrido –dice– hay 15 operadores turísticos formalizados, un número que crece desde hace cuatro años a la par del volumen de visitantes.
En su mayoría son extranjeros. Recuerda al belga Phillip, propietario de un hostal hasta hace unos meses. Dice que él fue quien se encargó de poner al Putumayo en reconocidas guías de turismo en la web, como Tripadvisor.

SERPENTEANDO LA SELVA

El ascenso comienza tranquilo. Algunos hilos de agua se deslizan por esas piedras planas y simétricas de origen desconocido. Una lluvia repentina se transforma en aguacero y hace que las frías gotas se cuelen entre los árboles, como si se tratara de una sombrilla rota.

Es un refresco para paliar el sofoco que provoca la humedad de la selva y del que pocos se salvan, pues como dicen los pobladores: ‘Si viene a la selva, prepárese porque llueve porque llueve’.

El punto más alto del recorrido está a 400 metros sobre el nivel del mar. Alcanzarlo por caminos que serpentean la vegetación no es tan desgastante como subir una pendiente. La exigencia depende de la inclinación de algunos tramos, que varía y deja algunos respiros. De cuando en cuando aparecen ‘paraderos’ donde gente de la zona vende agua, café y trozos de piña dulce para recargar energía.

El descenso se mantiene en las entrañas de la selva. También benévolo, descansa en espacios planos, aunque algunos pasajes tienen vacíos amortiguados por escaleras de madera.

Tras una hora de caminata, una piscina natural anuncia que el Fin del Mundo está cerca. “Se le conoce como pozo negro y tiene ocho metros y medio de profundidad”, explica Carmen. No hay corrientes fuertes ni piedras que impidan un baño a los turistas.

La siguiente parada es la cascada del Almorzadero, con aguas de hasta tres metros de profundidad. A un costado, escondido bajo una enorme pierda cuya ‘puerta de entrada’ es una refrescante cortina de agua, está el negocio de Julián, poblador de la zona. Vende refrescos, almuerzos y comida para picar.

Es también un mirador que anuncia el tramo final. A unos metros, un puente de piedra formado por el paso del agua, que durante años rompió la roca, ayuda a cruzar la quebrada Dantayaco, que surte de agua a la cascada del Fin del Mundo.

“La quebrada se llama así porque la parte de la serranía donde está fue una zona en la que habitaron dantas o tapires terrestres”, dice Carmen. El complemento, yaco, representa en lengua inga una de las mayores riquezas de la región: el agua. Por eso muchos otros lugares de la zona lo llevan en su nombre.

Cuatro kilómetros de travesía finalizan donde la montaña desaparece. El agua no encuentra más terreno hacia el horizonte y cae a un vacío de 75 metros. Es el Fin del Mundo. Y en un espejismo, justo en frente un nuevo mundo nace con el tapete verde de la Serranía de los Churumbelos, que se extiende por los departamentos de Caquetá, Cauca, Huila y Putumayo. Al fondo, un par de calles y casas dejan ver a Mocoa.

Ahí, en medio de la nada, con el interminable sonido del paso del agua, la conexión con la naturaleza es absoluta. No hay contaminación. No hay violencia.

Tras hora y media de caminata, los turistas se asoman al borde de la montaña para disfrutar del paisaje.

Asomarse sobre el borde de la montaña es la recompensa para los aventureros luego de una travesía de hora y media por el corazón de la selva. Un desafío que todo visitante debe asumir, aún si el vértigo se muta hacia un miedo que frena.

Boca abajo, arrastrándose sobre la piedra, está la mejor postal de la cascada chocando metros abajo con la tierra para seguir su curso. El escenario soñado para los amantes del rapel, que se reúnen para desafiar la gravedad mientras el agua corre cuesta abajo.

Cañones y más agua

Las extrañas formas de las rocas muestran rasgos de animales: la boca de un león, la nariz de un oso, las garras de un puma. Todas estas siluetas han sido formadas por el agua, dicen algunos pobladores del Putumayo. Otros aseguran que sus particulares figuras, su tono grisáceo y su porosa superficie son producto de actividad volcánica del pasado.

Pero los indígenas piensan distinto. Para ellos, la magia del cañón del Mandiyaco, a 25 minutos de Mocoa, donde el Putumayo llega a sus límites y se estrella con la bota caucana, no tiene nada que ver con el agua: es la formación propia de las piedras.

Está fuera del Fin del Mundo, pero también se esconde entre montañas y ríos interminables. “El agua que fluye sobre el cañón se llama Mandiyaco y significa en lengua inga ‘el río que manda’. Se le conoce así porque cae al río Caquetá, que tiene un nivel muy alto, y aun así el Mandiyaco lo arrincona cuando se crece”, dice Carmen.

Las extrañas formas de la roca en el cañón de Mandiyaco envuelven creencias indígenas.

No es un lugar para bañistas pese al antojo que provocan sus aguas. La cercanía de las piedras y las fuertes corrientes obligan al turista a mantenerse fuera, además de que –dice Carmen– no se conoce la profundidad.

El acceso bordea las barandas del puente que separa al Putumayo del Cauca. Un puente colgante de 134 tablas de madera, que atraviesa el cañón, es el punto perfecto para las fotografías. A un lado se ve el choque de aguas del Mandiyaco, de un café más oscuro, con el río Caquetá. Al otro, cerca de 200 metros de los 400 que conforman el cañón.

“Es otro de los lugares de visita fija, un espacio para liberar energía y recargarse”, dice la guía.

Esa magia la comparte el Charco del Indio, una cascada de 35 metros que baja resbalándose sobre la montaña como si fuera un tobogán. Se llama así porque alrededor existen varios asentamientos indígenas. Allí, el baño en sus frías aguas es imperdible.

Se llega desde Villagarzón caminando por las planas playa del río Mocoa. Una aventura de hora y media bajo un sol intenso y que es tradicional para las familias.

José Luis Bravo, de 26 años, llegó por primera vez a esta piscina natural acompañado de su esposa, Yibo Ortega, y de sus hijos Beto y Juana Valentina, de 5 y 11 años. Llegaron hace dos años a Villagarzón procedentes de Pitalito, en el Huila, buscando trabajo.

“El Putumayo tiene mala fama, pero eso es de tiempo atrás, acá no pasa nada, todo es tranquilo”, dice. Habían escuchado del Charco del Indio, pero las ocupaciones no los habían dejado conocerlo. “Es muy chévere, aunque el agua es fría”, añaden.

Coincidieron con un grupo de extranjeros liderado por Alberto Varela, argentino de nacimiento pero radicado en España, y hoy uno de los propietarios de la Casa del río, el hostal que levantó el belga Phillip en estas tierras hace algunos años.

Visitó Colombia por primera vez hace 15 años y estuvo en el Putumayo. Conoció un taita que le enseñó del yagé y se interesó en esa medicina ancestral. “Ahora nos juntamos un grupo de amigos y compramos la Casa del río para traer turistas de todo el mundo y que puedan conocer esta maravilla de lugar”, dice.

En su hostal, al igual que en la posada Dantayaco, otra de las más visitadas, llegan italianos, alemanes, australianos, canadienses, estadounidenses, mexicanos, españoles…

“Acá no hay ningún peligro, venimos todos los meses y nunca hemos tenido problema. Puedo asegurar que la gente estará tranquila. Llevo más de 10 años viniendo, incluso con mis hijos. Es un regalo tener este lugar”, insiste.

Los mexicanos Belisario y Alfonso Cancino –padre e hijo– llegaron recomendados por una colombiana que vive en el país azteca. “Putumayo es un lugar increíble. Quisimos venir a conocer a los chamanes y nos hemos sentido como en casa”, afirman.

ENCUENTRO CON LA FAUNA

Una casa en la copa de un árbol, a 25 metros de altura, desde donde se observa un mariposario con la forma de una panacea prola, una especie de este colorido insecto, es solo uno de los encantos de la reserva natural Paway.

Este centro de investigación de flora y fauna nativa de la amazonía colombiana está a ocho kilómetros de Mocoa en la vía hacia Villagarzón. Actualmente, cría 26 especies de mariposas, todas capturadas en las 13 hectáreas de la reserva.

También protege animales como ‘Uribe’, ‘Santos’ y ‘Maduro’, tres coloridas guayacamas que comparten espacio con loras y dos monos inquietos y amigables que reciben a los visitantes. Todos han sufrido tráfico ilegal y están bajo custodia para mejorarles su calidad de vida.

En lengua inca, Paway significa volar. Desde hace un año y medio que abrió, como iniciativa de la ingeniera Mildred Ortiz Martínez, ha recibido cerca de 4.000 visitantes. “Nos hemos dado a la tarea de promover la región en el tema ecoturístico en redes sociales y páginas web para cambiar el estigma de violencia. La gente ya viene con el interés de tener contacto con la naturaleza”, dice Ortiz.

La reserva Paway tiene un mariposario donde se crían 26 especies.

Su mensaje del uso sostenible de la biodiversidad lo comparte con niños en las escuelas y colegios y universidades que los visitan. También con los turistas, que llegan por el voz a voz de quienes ya han pasado por allí. “Esto ha hecho que se puedan sostener estos proyectos, pues en los medios de comunicación nacionales no se habla mucho de la región”, agrega la ingeniera.

El estigma de la guerra borró por décadas al Putumayo de la lista de destinos turísticos, pero los esfuerzos de la comunidad no solo le han devuelto al departamento un lugar en este mercado, sino que lo han llevado a muchos rincones del mundo.

“Quien va una vez a conocer la magia de los paisajes que esconde el Putumayo se enamora”, dice Juan Pablo Ramírez, un andariego promotor del turismo. Creó grupos en redes sociales y se metió en la web con su portal Ecoturismo Putumayo, con el que deja ver algo de las maravillas del Fin del Mundo.

“Estamos aprendiendo a atender al turista para cambiar la imagen del Putumayo. Acá los paisajes son hermosos, son lugares que la gente no conoce, rodeados de piscinas y cascadas naturales”, dice Janeth Huaca, propietaria del único hostal en el camino hacia el Fin del mundo.

Resalta la desconexión de los afanes del mundo de hoy que se logra en estos paraísos naturales. “Algunos prefieren quedarse en un lugar sin luz, que no tenga energía para poder escuchar a los animales. Esta es una zona tranquila, solo que cargamos con un estigma, como el del colombiano cuando está en otro país”, señala.

En este rincón de la selva amazónica, mientras las heridas de la guerra siguen sanando, el turismo se abre paso como motor de cambio para una comunidad olvidada y señalada que quiere compartir con el mundo su mayor tesoro: la naturaleza.

 

Datos de interés

 

 

¿Qué hacer en el Fin del Mundo?

Caminata en la selva; baño en piscinas naturales y cascadas.

- Visita a la reserva natural Paway y al Centro Experimental Amazónico (CEA), donde se pueden ver animales víctimas de tráfico que han sido recuperados.

- Caminar por el cañón de Mandiyaco, en los límites de Putumayo y Cauca. Está a media hora por tierra desde Mocoa.

- Bañarse en el Charco del Indio. Está a una hora y 10 minutos caminando por las playas del río Mocoa, saliendo desde Villagarzón.

¿Dónde dormir?

Hospedajes como la posada turística Dantayaco, a unos metros del camino de acceso al Fin del Mundo. La agencia Ecoturismo Putumayo ofrece planes para conocer el Fin del Mundo, el cañón de Mandiyaco, el Salto del Indio y otros atractivos de la región. Precios por actividad desde $ 100.000. Celular: 3124134102 – 3204773530 http://www.ecoturismoputumayo.com/

Mirador Villa Clara, a la entrada de Villagarzón. Noche por pareja, con televisión, internet y piscina: $ 100.000.

Huaca Huaca Hostel, en el sendero que conduce al Fin del Mundo. Valor por persona la noche: 20.000. Alquiler de la cabaña completa, con capacidad para 12 personas: $ 220.000 / noche.

Hostal Casa del Río, en la mitad del camino entre Villagarzón y Mocoa. Habitación privada para una persona: $ 86.000, incluye desayuno, aire acondicionado y ducha con agua caliente. Para dos personas: personas $117.000. Dormitorios compartidos: $ 29.000 / noche. Incluye desayuno.

TENGA EN CUENTA

Para disfrutar del Fin del Mundo, no olvide llevar:

- Ropa cómoda, como camisetas y bermudas, aunque puede vestir pantalones ligeros. Sombreros o cachuchas ayudan a protegerse del sol.


- Evite ‘jeans’, pues le pesarán al pasar por zonas húmedas.


- Lleve tenis o zapatos para caminata y otros adicionales que no estén mojados, para caminar por el pueblo.


- Una muda de ropa adicional que puede serle útil si se moja en algunos pasajes del camino.


- Cámara fotográfica o de video para guardar los recuerdos de estos inhóspitos paisajes.


- Hidratación abundante para las caminatas.


- Un impermeable para cubrirse y para proteger bolsos y maletas.

 

NICOLÁS CONGOTE GUTIÉRREZ
Enviado especial de EL TIEMPO
niccon@eltiempo.com
En Twitter: @nicongote
Villagarzón (Putumayo)
*En alianza con la aerolínea Satena